OPINIÓ: Lorenzo Pepe descriu la seva experiència en l'homenatge a les víctimes de Gaza
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En Formentera hicimos una manifestación pública, una reunión abierta, en la plaza, para decidir qué hacer respecto a lo que está ocurriendo en Gaza. Participó mucha gente, para ser una pequeña isla del Mediterráneo. Pero somos una comunidad compleja, formada por personas distintas, que vienen de lugares diferentes y cada una con su propia historia y cultura. Somos muy heterogéneos: están los isleños de nacimiento y tradición, los que vienen a trabajar en verano, los que han llegado por motivos laborales y muchos que han venido por una elección de vida, precisamente para vivir en Formentera; qué hagan o cómo lo hagan es secundario.
Entre las muchas propuestas de la reunión, alguien sugirió nombrar a cada una de las víctimas palestinas por su nombre, apellido y edad. Todas.
Esa propuesta fue aceptada y llevada adelante. Durante 5 días y 5 noches leímos, sin interrupción, los nombres de todas las víctimas palestinas en Gaza. Una auténtica maratón, en la que nos fuimos turnando para rendir homenaje a cada víctima. En la plaza del pueblo, frente a la iglesia, sentados sobre alfombras y cojines, rodeados de luces, leímos en voz alta cada nombre, apellido y edad, en una larga letanía ininterrumpida. Tuve el privilegio de participar en esta lectura en dos ocasiones. Y me pareció algo extraordinario. Una profunda intensidad me envolvió en la lectura, como si fuera una meditación. Leí cada nombre tratando de imaginar quién podría ser esa persona, de dónde venía su nombre, cuáles eran sus orígenes, con quién estaría emparentado, qué estaría haciendo en el momento en que lo mataron. Traté de entender qué podían decirme esos nombres sobre aquella sociedad y aquella cultura. En algunos casos intenté comprender su etimología y la raíz lingüística, que como en todos los pueblos mediterráneos revela un pasado de mestizaje.
Estuvimos juntos leyendo los nombres, y los escuchamos, y dejamos que se fueran tal como los habíamos evocado. Porque nunca hay que retener a los muertos. Al llamarlos y traerlos cerca de nosotros, les rendimos honor, velamos su fallecimiento. Les reconocimos toda su solemne y legítima humanidad. Y aunque hubo páginas y páginas durísimas de leer, en las que los nombres pertenecían a niños de menos de un año, de 3 años o de 5 años, leer a las víctimas nos calentó el corazón, y aun en la tristeza nos dio un calor extraño, inesperado. Y era hermoso, en la plaza, acompañar y ser acompañado en esta lectura. Sentir y ver a mis compañeros en este gesto, en este esfuerzo, en este compromiso con la piedad humana. Me sentí cerca de la tierra y rodeado de personas. Unidos profundamente por este acto.
Las mujeres musulmanas de Formentera traían té y dulces, y de los olivos de la plaza colgaban hojas de papel como extraños frutos, llenos de nombres que se agitaban en el viento ya otoñal, como banderas tibetanas, ondeando los nombres al mundo, no tanto para no ser olvidados, sino más bien para reclamar su realidad, su humanidad. Aunque ya hayan pasado por esta tierra, ellos fueron, y eran personas como nosotros, con la misma dignidad, deseos, esperanzas y miedos.
Y alrededor de nosotros, los lectores, circulaban turistas e isleños, y siempre la gente disminuía el paso y escuchaba un momento, para luego seguir su camino. Y más allá de la lucha, más allá de la indignación y de la rabia, más allá de la frustración, estaba esto: devolver la humanidad a las víctimas y, al hacerlo, devolvérnosla a nosotros mismos y a los demás.
Como Antígona, que desafía al sistema para enterrar a su hermano, a pesar de la prohibición de las leyes, a pesar de que su hermano había traicionado y hecho la guerra a su propia ciudad. La ley de la sangre impone la sepultura, que no solo es un derecho de cada fallecido, sino que es sobre todo un deber para los que permanecen, para los seres queridos de cada uno, que de otro modo, en esta negligencia, se ven privados de su propia humanidad. El vínculo que nos hace humanos se llama comunidad y hay que cultivarlo siempre.
Más allá de la lucha, más allá de la protesta y de la indignación —por demás necesarias—, sentí esto: que nuestro gesto, nuestro esfuerzo, era aún más profundo y aún más necesario. Porque decir “65 mil víctimas” no es lo mismo que nombrarlas una por una.
Lorenzo Pepe, Formentera a 27 de septiembre de 2025
